Es
suficiente. No quiero estropear más tu nombre. No lo merece. Tu recuerdo es
bello siempre que se pasea por mi memoria, pero no lo es más que el futuro que
me espera. Lo sé, sin ciencia cierta. Tu silencio desgasta mis palabras y mi
voz ya no suena por ti. Ya basta. No quiero ensuciar más tu nombre. No lo
merecen, no; no aquellos que vengan a mi mirada buscando poesía. Qué culpa tienen
de tu indiferencia, de tu pasar por la vida jugando a ser un desequilibrio
humano que no ama más que la soledad que le consume. Disfruta de ella, como
quieras, como si es en compañía. Yo intenté cuidarte pero tú no me quisiste en tu
vida. Ahora hazme un favor: ya nunca vuelvas. Ya no habrá en mí respuesta, la
misma que pensaba ser eterna, la que un día me juré ofrecerte sin importar
cuántos años pasaran. No te querré ya nunca más de lo que te quise. Eso sí es
cierto, con mi ciencia cierta. Podría mover ficha y jugar, por un rato, a
desbaratarte la vida, a bailar a mi antojo con esa bipolaridad tan tuya, con esa belleza
maquillada que te caracteriza. Podría destrozarte en pedazos hasta que
sintieras lo mismo: eso que me hiciste sentir a mí cuando fuiste especial para luego desaparecer de la faz de la tierra, fundiendo lentamente la luz, ignorando cada muestra de mi cariño. Pero
no lo haré, porque yo no soy ese. Tan sólo quise vida humana entre nosotros.
Qué
extraño, que ambos sigamos en el mismo planeta ya no resulta tan bello. Y qué
bien que la belleza se viste por sí sola de grandeza, no le haces falta tú.
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