lunes, 1 de abril de 2013

MI FIEL AMIGO Y COMPAÑERO: MI AMOR ANIMAL.


Notaba su fuerte latido en mi regazo palpitando a destiempo mientras le abrazaba con cuidado contra mi pecho. Su cuerpo peludo que tantas veces me había enloquecido, gemía espasmos como evitando el final de una historia: la suya conmigo. Luchaba con todas las fuerzas que aún le quedaban en su menudo y escuálido cuerpo mientras yo le sostenía en mis brazos dándole toda mi energía. Le dije, en nuestro particular idioma, que no me iba a mover de su lado, que no tuviera miedo, que se fuera cuando tuviera que hacerlo. Sobre todo, recuerdo, le susurré al oído, sincera y suavemente, que le quería de la misma manera en que lo había hecho todos los días de mi vida.

Cerré mis ojos por un instante y recordé cuando tan sólo era un cachorro: parecía que iba a romperse con sólo dar un paso al frente. Recuerdo que ya apuntaba maneras de la fuerza que le iba a caracterizar cuando escapó de su caja de cartón, y de la valentía que más tarde dejaría entrever en sus andares. Cuántas charlas mantuvimos callados, en silencio, consolándonos el uno al otro con cada batalla perdida en la vida. Ahí estuvo él para dedicarme su presencia cuando uno de mis pilares se fue dolorosamente. Me hacía sentir mejor con sólo lamer mis manos como haciendo querer desparecer mis lágrimas. Su recibimiento al llegar al hogar era ineludible y su locuaz estilo al saludar hacía que le sintiera como uno más de la más familia, sin distinción. Cómo corría y saltaba, cómo incluso hasta bailaba amarrado a mis manos con sus patas. Qué dieta tan poco estricta seguía, pero que completa de amor aquella que nos inventamos. Pensé que algo acababa cuando cambió su mirada y empezó todo a nublarse, y qué contradicción que cuánto más azúcar en sangre, menos dulce se volvía. Pero fue fuerte, como siempre, y aguantó, porque llevaba sangre de mi familia. Aguanté a su lado yo también, animándole a continuar, a no abandonar hasta que el tiempo se consumiera por sí solo. Les convencí a los demás que salvo algunas pequeñas imperfecciones en su organismo, seguía en la flor de la vida porque vivía en una primavera continua. Yo creía en él y en su amor, por eso me prohibí dejarle como si nada en la cuneta, abandonado a la suerte de un líquido transparente que para siempre le durmiera. Volví a abrir mis ojos y lloré con tranquilidad al ver que una vez más había calmado su despiadado latido imperfecto. Su débil corazón animal de terciopelo había aguantado otra embestida del destino, y ahí seguía, a mi lado, mi fiel amigo y compañero, mi amor animal.

Pero fue sólo un poco más de tiempo para querernos y dedicarnos abrazos de despedida y sobre todo, de agradecimiento. La noche antes de que se marchara apenas pude dormir. Bajé la escaleras y me tumbé en el frío suelo de mi hogar, a su lado, arropándole con una manta y mis brazos, para que dejara de temblar. Comprendí que no era justo que sufriera más, por eso le deseé que tuviera una buena noche, y le devolví en un suspiro quebrado en llanto todo el amor que me había dado durante tantos y tantos años.

Aún resuena en mí su voz quebrada y rota, enmudecida de tanto dolor, como queriendo decirme basta y ahorrarme la decisión. Le abracé entonces bien fuerte para no olvidarle nunca entre mis brazos. Le dije te quiero por última vez y le dejé viajar al cielo de los perros. Me había hecho a la idea de que tarde o temprano cogería su billete a Marte, pero aún así no pude evitar llorar como si hubiera perdido un gran pedazo de mi vida. Lo nuestro fue un amor sincero, de ese que tanta falta hace en esta Tierra: un amor animal entre humano y perro que jamás podré olvidar, por más que el tiempo quiera. 



El amor no se destruye, tan sólo se transforma.








Adiós mi pequeño gran amor animal.

domingo, 24 de marzo de 2013

LA CERRADURA Y LA LLAVE.



Hay una cerradura siempre cerrada ante mis ojos, que no se abre, dichosa sea, por más que la miro y la grito en voz alta lleno de rabia, y la lloro desconsolado. No me deja traspasarla y respirar un nuevo aire. Me bloquea los cinco sentidos hasta condenarme a una cadena amarrado paralizándome de lleno el alma. Se anida entonces en mí la pereza como un ovillo de lana en el que no hay manera de destripar el interior para desatar el nudo del principio con el final que lo sujeta. Y el tiempo se diluye lento arañando dolorosamente cada resquicio de mi juventud, dejando entrever los miedos que aguardan ansiosos por nacer en mi mente. Lo sé, me arrepentiré cuando sea viejo por haberme quedado mirando esta maldita cerradura que me amarga el humor y me ausenta del amor, pero escapar resulta difícil. Mi boca sólo escupe palabras desgastadas pidiendo clemencia, rogando una ayuda que nunca llega, un abrazo que espante de un plumazo esta sensación de inconsistencia. Y yo, que ni siquiera a ratos me entiendo, ya no creo en mí como lo hacía en el pasado. A veces ni me reconozco en el espejo, veo mi reflejo oscuro, turbio, raro. ¡Qué asco! El mundo parece conspirar para hacerlo todo más complejo, las nubes negras no se marchan y la lluvia, desorientada, me empapa de los pies a la cabeza. La gente camina cabizbaja cuando mi vaso tan sólo quiere salir a flote y colmarse de agua. Pero me harto y huyo, como un exiliado, a mi encierro en mi cajita de cristal donde paso las horas sin pasión alguna, cumpliendo condena en soledad. Lo siento por los que tengo a mi lado, ellos no tienen culpa alguna. La angustia escala peldaños hasta alcanzar la cima y envenenar las facciones de mi cara dormidas. Ya no encuentro en mí esas arrugas que se asomaban en el perfil de mis ojos; ni siquiera las veo bailando al borde de mis labios rojos. Ya basta. Cojo aire con fuerza, el suficiente para llenar mis pulmones, y cierro este batallón de negatividad desbordada. Subo la persiana de mi habitación y me sumerjo en mi bañera llena de agua. Mi cuerpo desnudo me ofrece, en un instante, un pequeño resquicio de lo que fui, de lo que aún me queda por ser, y entonces suspiro mientras acaricio suavemente mi piel. Dejo escapar al aire, en sólo un segundo, todas las dudas existenciales, y en medio de un parpadeo me veo iluminado, sincero, con forma de llave. La misma que abre esa maldita cerradura que todo lo cierra. 



Fotografías tomadas en La Granja de San Ildefonso el 18 de Marzo de 2013.









martes, 19 de marzo de 2013

PRIMAVERA QUE NUNCA LLEGA.



Las noches parecen ahora más largas que hace tiempo. Los minutos pasan sin compasión por mis dedos, diluyéndose lentamente como si fuera a perderme en ellos. Todo tiene una enorme consistencia en mi entereza y el frío cala ya de los pies a la cabeza. La primavera que nunca llega.

Va para largo este invierno que me trajo de vuelta al hogar, y en mi habitación me veo perdido buscando de nuevo el principio de las cuestiones más amargas. Malditas musarañas. Entre sábanas gélidas y recuerdos de una vida pasada gasto las tardes buscando respuestas calladas. A veces me desvío y desvarío. Entre tanto desatino quisiera que tú me alumbraras. Estás en mis suspiros pero te ausentas en la respiración que acompaña. Me enredo en mi propia tela de araña.

De repente se desprende una bella flor posándose en mis pestañas y suena una hermosa melodía encallada en los tímidos pálpitos de mi corazón. Cierro los ojos para flotar en la noche, antes justo de dormir. Brotan los almendros de nuevo dándole color al cielo que todavía busca consuelo en mis ausentes ganas por verme sin ti.

Primavera, que a la vuelta de la esquina espera, vuelve con ese aire de amor que dejaste en el olvido. Altera el pálpito de mi sangre y dale un vuelco a sus latidos. Haz que lluevan cantaros de margaritas prefabricadas sobre sus manos y cólmale con sólo cosas buenas. Trátale como a un buen chico y cuídale como tú sabes. Yo volveré para con él reencontrarme en el sendero, para ponernos al día de cómo nos fuimos alejando y perdonar cuánto perdimos por miedo. Y dile, con ese aire suave que sólo tú posees, que le esperaré hasta que la muerte me lleve hasta Marte. 




 Fotografías tomadas en el Paseo de la Castellana en Madrid la tarde de lluvia del 19 de Marzo de 2013.