martes, 18 de marzo de 2014

DEJARSE, PARA SER FELICES.

Es lo que ambos necesitaban: dejarse, para ser felices. Así de simple. Tan simple que a simple vista no lo veían. Gastaron mucho tiempo dejando ronca su voz, rompiendo sus cuerdas vocales tanto que desataron tempestades, enfrentando su amor. Creyeron construir un palacio en el que unir sus vidas, pero acabaron encarcelados en su propia rutina. Él respiraba el aire que exhalaba ella. Ella miraba en los parpadeos que proporcionaba él. Pretendieron quererse y acabaron entendiendo, a base de hostias sin propiciar, que aquello distaba mucho de amar. Era locura sin fundamento. Costumbrismo, como solía yo pensar al verles. En mis adentros rehuía de cualquier tipo de relación que se pareciera a la suya. No era sano. Para mí lo que ellos tenían difería completamente de la idea que tengo yo de compartirme con alguien. Total, que se dejaron. Después de demasiadas peleas llegó la calma. El cielo se abrió para iluminar dos caminos por descubrir: uno para ella y otro para él. Separados. Se acabaron los rayos y los truenos. Vinieron los días buenos, los viajes de la mano de un alma nueva. Y todo mereció la pena. Dichosa pena. Fueron titanes que luchaban por ver quién tenía más fuerza. Ahora son sólo dos soldados heridos en la trinchera de una guerra que nunca quisieron. Son, pero están en nuevas manos, unas que sanan como por arte de magia, todas la cicatrices, a paso agigantado.   


Por eso, siempre hay esperanza...





















viernes, 14 de marzo de 2014

LOS SILBIDOS TRAS EL NAUFRAGIO.


Suena un silbido pecador en este mar de libros silenciosos, llenos de tantas palabras: alguien ha dejado su móvil con sonido, y yo .. yo me despisto, y te recuerdo...



Andábamos jugando entre las sábanas amaneciendo el otoño. Domingos de lluvia errante que acababa siempre en el pollete de tu ventana, con el continuo caer de las gotas frías como una armoniosa banda sonora. Nosotros estábamos desnudos, dormidos, y despertábamos cuando nos lo pedía el cuerpo, y el sexo, en medio de la oscuridad propia de una habitación cerrada a cal y canto, que ausentaba al resto del mundo. Como dos niños inocentes con un chupa-chups en sus manos, pero con el miedo tras sus espaldas agachado esperando el despiste, así permanecíamos; queriendo jugar de nuevo, pero cautelosos en los actos. Tu risa me devolvía a la vida y me sacaba de mis casillas: aquellas en las que yo andaba anclado en mi mente con un par de dados en las manos, confiando demasiado en que el azar se ajustara, sopesando bien cada jugada y cada movimiento. Yo sólo buscaba el acierto, y ahora sé que erraba tanto buscando y buscando. Tu risa ya estaba presente, como lo estaba todo tu cuerpo desnudo y blanco. No hablaré de tus lunares, de cómo hacía carambola en ellos cada vez que me acechaba la casilla de cárcel para perder turno, porque allí, en ellos, me salvaba y no me sentía prisionero, era profundamente libre, sin culpa... Entonces sonaba un silbido: un mensaje en tú móvil que dictaba la realidad de que yo estaba allí, contigo. Abríamos los ojos y acto seguido la ventana, dejándole al frío pasar a nuestro cuarto de calor menguante.




Y eso es todo lo que un silbido me hace recordar, ahora que estamos lejos, tratando de encontrarle salvavidas a nuestra risa porque sabemos que es necesario. No hay tabla de madera a la deriva en este hundimiento que aguante el peso conjunto de los dos. No, por ahora. Hay dos distanciadas que flotan moviéndose lentamente, en direcciones opuestas. Así de caprichoso es el oleaje. Así que marchamos con él, dejándonos llevar. Seguiré flotando, afinando mis oídos para que me sorprenda de nuevo un nuevo silbido y así volver a recordarte, tan solo de buena manera, con lo bonito de habernos visto amanecer desnudos.












jueves, 13 de marzo de 2014

UNA TÍMIDA BANDERA BLANCA EN MI TRINCHERA



Me hierve la sangre sobremanera y la rabia escala peldaños de dos en dos por esta escalera de sinsentidos en el que ninguno encuentra la respuesta correcta; que si yo subo, tú bajas y el otro coge el ascensor. Nos hemos perdido. Asumamos la derrota sin pena ni gloria, pero admitámoslo: damos lástima. Ya no somos lo que éramos y por más que miramos al prójimo, la culpa duerme en nuestro tejado esperando con la mano bien abierta para hostiarnos en la cara al despertar. Entonces, estallará la guerra, y se anidará a nuestro pasado arrebatándonos cada instante en que suspiramos con el aire lleno de vida que exhalaba cada uno de nosotros. Ya no habrá más vuelta atrás porque será, para entonces, demasiado tarde. ¡Ay! Gloriosos días aquellos bebiendo nuestra juventud a tragos. ¡Qué rabia ahora que queden tan lejos!. Me muerdo la lengua para no atragantarme con palabras envenenadas, y de tanta impotencia masticada acabo tragando sangre que amarga en esta batalla. Aprieto los músculos de mi mandíbula y estrello los puños contra la almohada. Me vienen a la mente de forma intermitente preguntas cobardes que aparecen ahora para hacer tambalear cada uno de nuestros principios. ¿Qué sentido tuvo ser lo que fuimos, qué sentido tiene seguir siendo en este presente, que para ser sinceros ya no nos está regalando nada?. Reniego por ello y como acto de rebeldía de mis raíces atadas a ellos, de tantos momentos buenos, de todo aquello que vivimos, que me dijiste, que te dije... ¿qué nos dijimos? ¡Ay el viento, cómo se lleva todo con el paso del tiempo!. Reniego porque pesan los desprecios, la desgana, la ausencia de palabra, el desgaste de una juventud alimentada de rutina. Ni siquiera sé si fui yo o fuiste tú, o fueron ellos. Ya ves, esto es mucho más complejo que lo simple que sería querernos cuidar con un hombro donde llorar y una risa en la que vivir ciertos momentos.

Me pregunto cuánto tiempo hace que no encuentro consuelo en la palabra amistad, así que voy directo al diccionario para que me salve de la caída.
 amistad.
(Del lat. *amicĭtas, -ātis, por amicitĭa, amistad).
1. f. Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato.

Por suerte, encuentro en ello sabiduría y certeza, pero no, no hallo las razones necesarias con las que callar los ensordecedores silencios de un trato que apenas diviso, a ratos. Y entonces sí, me rindo y dejo caer mis brazos; me puede la nostalgia y el paso del tiempo. Me gana siempre la lágrima de un sentimiento. Lo siento, por todo aquello en lo que pude fallar, pero más por todo aquello en lo que fallamos juntos, quizá sin pretenderlo.


Sé de sobra que no será difícil encontrarse entre estas letras,  pero esto no es una escopeta, no es un arma cargada a conciencia, tan sólo es una tímida bandera blanca alzada en mi trinchera.